INFLUENCIA LEGÍTIMA

Mitos y realidades de la agenda del presidente electo Trump

Alfonso González de León, Consultor Senior de Vinces, en Europa Press

Mitos y realidades de la agenda del presidente electo Trump

Alfonso González de León analiza las posibilidades de éxito de la agenda política de Donald Trump


Europa Press

Han pasado ya unos días desde que Donald Trump fue elegido como el próximo presidente de Estados Unidos. Su campaña populista y su inesperada victoria generan ahora muchas dudas sobre cuál será realmente su agenda política y los efectos que ésta tendrá en la América de los próximos años.

Las elecciones permitieron al Partido Republicano mantener también el control de las dos cámaras del Congreso, por lo que tras 6 años de gobierno dividido, el poder ejecutivo y legislativo se concentran en las manos de un solo bando. Los conservadores quieren aprovechar este escenario favorable para tirar adelante un programa de reformas ambicioso que cambie la orientación política del país y borre de un plumazo el legado de Barack Obama.

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Trump, el cambio que mira al pasado

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Contra todo pronóstico, Trump será el próximo presidente de los Estados Unidos. Su victoria ha sido clara y rotunda, adjudicándose prácticamente todos los estados disputados y, entre ellos, los más importantes como Florida, Pennsylvania, Ohio, Georgia y Carolina del Norte. Este escenario no había sido previsto ni por el más optimista de los republicanos, ya que los modelos predictivos del propio partido daban a Trump como perdedor en los días  previos a la votación.

El triunfo de Trump rompe con todas las reglas políticas establecidas. Analizando el desarrollo de la campaña, el candidato republicano tenía todas las variables en su contra. Primero, las encuestas, que mostraban a Clinton en cabeza, lo que podía llevar a algunos republicanos a quedarse en casa creyendo que no había nada que hacer. Segundo, el dinero, donde el comité de campaña de Clinton había recaudado más del doble que su oponente (500 millones frente a 250 millones de dólares). Tercero, el partido, puesto que Trump se ha encontrado con algunas voces críticas en el seno de su organización que hacían dudar de su liderazgo. Cuarto, el apoyo mediático, ya que solo uno de los 50 mayores periódicos de tirada nacional había respaldado a Trump. Quinto, la campaña televisiva, ya que Clinton ha gastado mucho más que Trump en la emisión de anuncios publicitarios en todos los estados clave. Y sexto, el despliegue de equipos en el terreno, puesto que las personas empleadas por la campaña de Clinton y el partido demócrata en los quince estados clave triplicaban en número a los del bando republicano (más de 5.000 empleados frente a 1.500).

A la luz de estos factores, las expectativas de Trump eran poco halagüeñas. Pero entonces, ¿cuáles son las causas de este vuelco tan drástico? Primero, la autenticidad de Donald Trump, que ha generado una fuerte identificación personal entre ciertos segmentos demográficos (la población rural y la clase blanca trabajadora) con su figura y que nadie había sido capaz de ponderar en justa medida. Y segundo, una falta de entusiasmo hacia Hillary Clinton que ha provocado una menor movilización de colectivos tradicionalmente demócratas, especialmente el voto femenino y de las minorías raciales.

Con salidas de tono y excentricidades incluidas, Trump ha conseguido hablar el idioma de la gente y personificar el cambio que da respuesta al descontento con el statu quo. Durante la carrera, Trump ha querido controlar en todo momento su mensaje, pasando por tres directores de campaña diferentes hasta que consiguió un equipo que le animaba a ser él mismo. Dejó a un lado la corrección política y las estrategias clásicas de campaña y se dirigió directamente al americano medio con un mensaje claro y pragmático: Trump se ha presentado como el precursor del cambio, la persona que iba a devolver la grandeza al país (Make America Great Again) recuperando los valores tradicionales de la sociedad americana, “limpiando la ciénaga” de Washington y poniendo de nuevo las instituciones al servicio de la gente.

Trump ha desafiado a las elites y se ha ganado al ciudadano medio. Un ciudadano medio que sigue formando parte de la clase trabajadora de raza blanca, y que siente miedo con respecto al terrorismo, la inmigración y la globalización, como fenómenos que están poniendo en peligro su modelo de sociedad, que han mermado su nivel adquisitivo y que han modificado su  estilo de vida. Trump ha logrado conectar con estos votantes de tú a tú, gracias a su naturalidad y sinceridad, manteniendo la base de votantes republicanos y capitalizando el voto de la frustración y del desafecto con la política.

Si a lo anterior le sumamos la incapacidad de Hillary de movilizar de forma efectiva a sus electores, el éxito de Trump adquiere aún más sentido. El apoyo de Clinton entre los hispanos ha sido solo del 65%, en comparación con el 71% que obtuvo Obama en 2012; y entre los votantes afroamericanos el respaldo ha caído del 93% al 88%. Por otro lado, entre las mujeres, un colectivo clave para Clinton, el 54% ha votado por ella, un punto menos de las que lo hicieron por Obama en los anteriores comicios.

Pasadas las elecciones, Trump tiene ante sí el reto de gobernar para todos los americanos, unificando el país después de una campaña presidencial dura y desagradable, tal y como él mismo manifestó en su discurso de celebración. No va a ser una tarea fácil, pues los retos que tiene por delante son inmensos y sus promesas, muy ambiciosas. En todo caso, ¿quiere Trump devolver la grandeza a su país con una política nostálgica inspirada en tiempos pasados o, por el contrario, va a implementar una política constructiva que engrandezca a Estados Unidos a través de su liderazgo frente a los desafíos del futuro? Después del 20 de enero, cuando Trump tome posesión del cargo, sabremos la respuesta y podremos juzgarlo por sus hechos y no solo por sus palabras.

Trump estrecha el margen sobre Clinton

Las encuestas se han ajustado. Clinton todavía está en cabeza. Trump puede ganar. Clinton probablemente ganará.

A escasos 50 días para la celebración de las elecciones presidenciales en Estados Unidos, las encuestas muestran un panorama bastante igualado. En las últimas semanas el candidato republicano ha recortado diferencias, convirtiendo la victoria de Trump en una posibilidad real. Nate Silver, periodista de ESPN y autor del famoso blog FiveThirtyEight, ha sintetizado el escenario electoral actual en cuatro puntos: 1. Las encuestas se han ajustado. 2. Clinton todavía está en cabeza. 3. Trump puede ganar. 4. Clinton probablemente ganará.

La media de los últimos sondeos otorga a la candidata demócrata una ligera ventaja de menos de un punto, con una intención de voto del 44,9%, frente al 44% de Trump. No obstante, para arrojar algo más de luz sobre el estado de la carrera presidencial, debemos fijarnos en los 11 estados clave que van a decantar finalmente el resultado: Florida, Pennsylvania, Ohio, Michigan, Carolina del Norte, Virginia, Wisconsin, Colorado, Iowa, Nevada y New Hampshire. Las encuestas en estos territorios muestran los siguientes resultados:

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Con estos números, Clinton se convertiría en la próxima presidenta de los Estados Unidos con 293 votos electorales, frente a los 245 que obtendría Trump (recordemos que la mayoría está en 270 votos). Sin embargo, el candidato republicano viene subiendo en las encuestas en los territorios más disputados. Así, Trump supera a Clinton en Florida, Ohio e Iowa, ha conseguido llegar hasta el empate técnico en Nevada y Carolina del Norte y ha recortado distancias en New Hampshire, Colorado, Michigan, Pennsylvania y Virginia.

En palabras de Tim Kaine, candidato demócrata a la vicepresidencia, “la carrera está apretada. […] Pienso que tenemos un camino más claro hacia la victoria y ellos tienen uno más complicado. Pero no podemos dar nada por sentado, porque ha sido una temporada de sorpresas.” En la misma línea, el director de campaña de Clinton, Robby Mook, ha declarado lo siguiente: “Esperábamos que la carrera se apretara. Esperamos que se apriete aún más. […] Va a ser cuestión de pequeños márgenes. Estamos gastando mucho tiempo asegurando nuestros votos”.

Por su parte, la principal estratega de Trump, Kellyanne Conway, ha manifestado que su candidato tiene ahora mismo más empuje y levanta más entusiasmo. “A todo el mundo le gusta un ganador, por lo que la gente está viendo que las encuestas se están ajustando, que estamos por arriba, empatados o dentro del margen de error en prácticamente todas las encuestas en los estados clave, y empiezan a ver que Trump realmente puede conseguirlo”.

En relación con los 11 estados mencionados, cabe resaltar que todos ellos también fueron importantes en las últimas dos elecciones. En 2008, el Presidente Obama ganó en todos ellos, y en 2012 hizo lo mismo en diez, todos excepto Carolina del Norte. El equipo de Clinton es pesimista sobre todo respecto a Ohio e Iowa, donde Trump lidera las encuestas más holgadamente. En Florida, el estado con más votos electorales de los que están en disputa, la situación está muy reñida y resulta muy difícil anticipar quién será el ganador.

La campaña de Clinton, que goza de una ventaja significativa en Pennsylvania, Michigan y Wisconsin y una posición relativamente fuerte en Virginia y Colorado, está poniendo el foco en Carolina del Norte como el territorio crucial para allanar el camino hacia la cifra mágica de 270. Este fue el único gran estado en disputa que ganó Mitt Romney en 2012, pero los sondeos indican que no es una región del todo propicia para Trump. Si el magnate se llevara también Carolina del Norte, además de Florida, Ohio e Iowa, estaría a un puñado de votos electorales de la mayoría, pero todavía necesitaría sumar algún otro estado clave a su favor.

Por otro lado, la subida de Trump en las encuestas puede ser un arma de doble filo para sus ambiciones electorales. La idea de un Presidente Trump puede servir de acicate para movilizar a muchos electores demócratas o independientes que tienen aversión al candidato republicano, pero no están ilusionados con Clinton y están pensando en la abstención o en votar por uno de los candidatos minoritarios (Gary Johnson, del Partido Libertario, o Jill Stein, del Partido Verde).

De hecho, la mayor preocupación de la campaña de Clinton es la desmovilización entre sectores demográficos tradicionalmente demócratas, en especial entre los millennials (jóvenes de 18 a 34 años). Según algunas encuestas, casi uno de cada tres millennials se plantea votar a un candidato minoritario, pero podrían decantarse por Clinton como mal menor con tal de evitar que Trump ocupe la Casa Blanca.

Por tanto, y volviendo a los cuatro puntos mencionados al inicio de este artículo, me permito añadir un quinto nuevo por el que “a mayor participación, mayores probabilidades de que gane Clinton”. Las semanas que quedan de campaña van a ser decisivas y muy intensas, y una gran prueba de fuego van a ser los tres debates electorales que se van a producir entre ambos candidatos. Habrá que estar atentos.