INFLUENCIA LEGÍTIMA

El impacto del Brexit en el sector agroalimentario.

Los directivos intensificarán las relaciones institucionales ante las próximas negociaciones.

 

Esta misma semana y tras un proceso parlamentario más farragoso del esperado, la Primera Ministra británica, Theresa May, ha anunciado el “pistoletazo de salida” para el proceso de salida del Reino Unido de la Unión Europea, con base en el artículo 50 del Tratado de la Unión. Vienen dos años de duras negociaciones con un Reino Unido que, respondiendo a su tradicional pragmatismo, va a intentar minimizar el impacto, fundamentalmente en el plano económico. Por otro lado, la Unión Europea, en un momento de cuestionamiento institucional y con las elecciones francesas a la puerta, tiene que adoptar un posicionamiento de dureza en la negociación, transmitiendo que salir de la UE no puede ser sencillo ni puede salir gratis; aunque puede ser que no todos nos podamos permitir esa dureza…

Sectores afectados por el Brexit en Reino Unido.

Desde la perspectiva del Reino Unido, son muchos los sectores afectados. El sector financiero, con el exponente de la City, es quizá el ejemplo por excelencia. Basta recordar cómo Mark Carney, gobernador del Banco de Inglaterra, apeló a un acuerdo transitorio para amortiguar el impacto en los negocios, manteniendo la situación actual hasta al menos 2021. Pero lo cierto es que –como ha señalado el Centre for Economics and Business Research y Open Britain en un estudio el pasado mes de noviembre–  la mayoría de los sectores de la economía británica están vinculados a la Unión Europea.

“el 70% de las exportaciones al Reino Unido provienen de otros Estados miembros de la Unión Europea”

Sin embargo, si hay un sector particularmente afectado en la isla, es el sector agroalimentario que tiene unas cifras muy vinculadas a la UE. Y además de un modo bidireccional. Pensemos que hoy día el 70% de las exportaciones al Reino Unido provienen de otros Estados miembros de la Unión Europea, ocupando un lugar destacado las provenientes de Holanda, Irlanda, Alemania, Francia y España; países que son también los primeros importadores de productos agro del Reino Unido, aunque con un lugar particularmente destacado para Irlanda.

Preocupación en España por el Brexit.

Desde la perspectiva española, el Brexit también es un motivo de preocupación. Basta para ello observar algunos datos genéricos: Reino Unido es el cuarto destino de nuestras exportaciones, habiendo superado los 18.000 millones de euros en 2016. Según algunas informaciones el Gobierno español considera que  el Brexit tendrá un impacto de entre dos y cuatro décimas en el PIB.

Pero también aquí la preocupación es particular en el caso del sector agroalimentario. Tras la industria automovilística –que ya en diciembre de 2016 el Ministerio de Economía, Industria y Competitividad nos señalaba que en términos interanuales ha sufrido un descenso del 5,6% en sus exportaciones a UK–, con una cifra que en 2015 superó los 3.500 millones de euros, y con una balanza muy positiva, el sector agroalimentario es el segundo en volumen de exportaciones, por cuanto las importaciones apenas superaron los 1.200 millones. Si se observa el Directorio de empresas españolas en el Reino Unido elaborado por el ICEX en 2014, también el sector agroalimentario ocupa un lugar relevante en cuanto al número de empresas. A destacar, dentro del sector, el subsector de las frutas, hortalizas y verduras, que constituyen más de la mitad de nuestras exportaciones.

Relaciones institucionales: La mejor estrategia ¿Qué se debe hacer desde la industria? 

Trabajar con las autoridades. El proceso de dos años de negociaciones que se avecina y la incertidumbre que provoca lo desconocido, exigen de una alianza entre autoridades y organizaciones empresariales en nuestro país. Y cada sector va a velar por lo suyo. Es necesario combinar la firmeza de la UE con la flexibilidad que exigen nuestras relaciones económicas bilaterales. El Presidente del Gobierno señaló recientemente que quiere que el proceso del Brexit se haga “con rapidez, con aproximaciones constructivas y en positivo”.

Las empresas del sector agroalimentario, caracterizadas por una fuerte atomización, han de estar de manera organizada presentes en el debate porque las cifras de negocio lo exigen.Y ello requiere de unas líneas estratégicas, un plan de acción, una continua monitorización y la existencia de canales de diálogo fluidos, bidireccionales. Se hace necesario que el acercamiento entre lo público y lo privado, tan necesario en la construcción de políticas públicas, sea más real que nunca.

Si las relaciones institucionales se han visto siempre como un departamento de coste, lo que ha llevado a muchas empresas a ni siquiera disponer de un departamento específico, el Brexit es una prueba de fuego de su necesidad. Su labor y su quehacer profesional en estos dos próximos años van a afectar directamente a la cuenta de resultados.

Artículo sobre Europa de Elena Herrero-Beaumont en Ethic

“El magma europeo que decidirá nuestro futuro”

«Una coalición de euroescépticos no debería causar demasiado trastorno en el día a día del Parlamento»

Los 751 escaños del Parlamento Europeo esperan a ser ocupados. Hasta septiembre no se iniciará la actividad legislativa. Mientras, las 150 formaciones políticas que fueron elegidas entre el 22 y el 25M por el 43% de los 500 millones de ciudadanos de los 28 países que componen la Unión Europea negocian la organización del nuevo parlamento. La magnitud de estas cifras habla por sí sola de la complejidad que vivimos en Europa.

Esta complejidad se va a ver acentuada en la próxima legislatura por la irrupción de partidos euroescépticos y populistas en el Parlamento a una escala nada despreciable: representarán nada menos que un tercio de los 751 escaños. Los analistas apuntan a que estos partidos, que tienen como denominador común el escepticismo hacia el proyecto europeo y el mensaje populista, formarán una gran coalición. En eso están estos días. Negociando.Ethic

Aunque los populismos y extremismos susciten un cierto espíritu de catástrofe europea, que la prensa económica anglosajona se ha encargado de resaltar por activa y por pasiva, esta eventual coalición de euroescépticos no debería causar demasiado trastorno en el día a día del Parlamento cuando arranque la actividad en septiembre. Ello porque los populares y los socialistas europeos, que siguen ostentando una mayoría del 52 por ciento, están también negociando su propia coalición. Así que vemos que las coaliciones serán más importantes en esta legislatura que en las pasadas.

La necesidad de esa gran coalición se hace más intensa al contemplar los retos que se le presentan a la vieja Europa. En los próximos cinco años, que es el periodo de duración de la nueva legislatura, los eurodiputados elegidos decidirán nuestro futuro. Desde cómo gastar más de 1.000 billones de Euros de presupuesto hasta cómo negociar el tratado de libre comercio con Estados Unidos o desarrollar la unión bancaria; otros asuntos como la privacidad, el cambio climático o la emigración marcarán las agendas de los diferentes grupos parlamentarios.

Pero los juegos de poder en Bruselas no se limitan al Parlamento. La Comisión y el Consejo, sobre todo éste último, formado por los jefes de estado y de gobierno de los 28 países de la Unión, son los que terminan liderando el proceso de toma de decisiones en Europa. Es aquí donde la alemana Angela Merkel despliega el liderazgo que la ciudadanía europea se ha resignado a aceptar y que la comunidad internacional ha interiorizado sin más.

Estos días, el Consejo está valorando a quién proponer como presidente de la Comisión. Pero no debería valorarlo mucho porque en teoría tendría que ser el Popular Jean-Claude Juncker. La novedad de estas elecciones es que por primera vez se aplica el precepto del Tratado de Lisboa que establece que el Parlamento Europeo debe elegir al presidente de la Comisión sobre la base de la propuesta hecha por el Consejo, teniendo en consideración los resultados electorales. Por primera vez los diferentes partidos pan-Europeos han presentado un candidato a la Comisión y los votantes han tenido la oportunidad de elegirlo de manera indirecta. Es decir, los españoles también votamos el 25M (aunque muchos sin saberlo) por el popular Jean-Claude Juncker o por el socialista Martin Schulz.

Si finalmente no se nombra a Juncker de acuerdo con lo pactado, Bruselas violaría no sólo el Tratado de Lisboa, sino una vez más su propia legitimidad, muy castigada ya tras años de crisis económica. Según las encuestas, desde la crisis financiera de 2008, la mayoría de los europeos cree que sus hijos y nietos vivirán peor que ellos y una parte importante considera que su voto no marca la diferencia de cómo se gobierna en Europa.

Pero a pesar de que se preveía un bajón en el nivel de participación, ésta se mantuvo constante para sorpresa de muchos. Aparentemente esto resulta ser una buena noticia, un buen síntoma de funcionamiento democrático, pero según el Centre for European Policies Studies (CEPS), esta concurrencia estuvo más bien motivada por la rabia y por el rechazo hacia el proyecto europeo. Y es que la participación fue mayor en aquellos países donde han ganado los partidos euroescépticos. Ya lo dijo Joaquín Almunia el domingo 1 de junio: “Los resultados de las europeas son un castigo a ese magma llamado Bruselas: Comisión, Consejo, Eurogrupo, BCE, Merkel.”

Estos días se habla mucho de cómo lograr despertar a la ciudadanía europea del letargo o del enfado para conectarla con el proyecto Europeo. Según decía el periodista Enric González en El Mundo es necesario y urgente desarrollar un sistema de participación y control democrático que permita a los ciudadanos sentirse representados. Gideon Rachmand del Financial Times sugería restaurar un cierto control democrático de los estados sobre temas que tradicionalmente han entrado dentro de sus competencias, como es el control sobre las finanzas o sobre las fronteras. Pero entonces ya no sería Europa.