INFLUENCIA LEGÍTIMA

El gabinete de Trump toma forma rodeado de incógnitas

Trump ya tiene a sus colaboradores más cercanos, pero siguen las dudas sobre su presidencia

El Presidente electo Donald Trump ha nombrado en las últimas semanas a los responsables de las carteras más importantes de su gobierno. Este equipo formará, según muchos expertos, el gabinete más conservador de la historia americana moderna. De lo que no cabe duda es que su perfil es heterodoxo e inusual, con varios miembros sin experiencia política y a los que hubiera costado imaginar en esos puestos si hubiera ganado las elecciones un candidato al uso.

Por un lado, Trump ha optado por algunos perfiles políticos como el Senador por Alabama, Jeff Sessions, y el Fiscal General de Oklahoma, Scott Pruitt, como cabezas del Departamento de Justicia y de la Agencia de Protección Ambiental respectivamente. Asimismo, también ha nombrado a Rick Perry, ex-gobernador de Texas y candidato en 2012 a la nominación republicana para las presidenciales, como jefe del Departamento de Energía, una agencia que el mismo Perry abogaba por eliminar en su programa electoral.

Por otra parte, Trump ha apostado por personas con escasa o nula trayectoria política, pero con un currículum exitoso en el ámbito empresarial o militar. El más importante de ellos es Rex Tillerson, presidente de la petrolera Exxon Mobil, que será el encargado de la Secretaría de Estado. Su nombre se ha impuesto al de otros como Mitt Romney, Rudy Giuliani o David Petraeus, perfiles más ligados al establishment republicano tradicional.

Steven Mnuchin, director financiero de la campaña de Trump y ex-socio de Goldman Sachs, será el nuevo Secretario del Tesoro y Betsy DeVos, una activista adinerada del Partido Republicano de Michigan, tomará las riendas del área de educación. Ben Carson, neurocirujano que se dio a conocer públicamente al concurrir a las primarias republicanas, estará al frente del Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano.

Trump ha nombrado también a dos generales retirados, James Mattis (conocido como “Perro Loco”) y John Kelly, para encabezar los departamentos de Defensa y de Seguridad Nacional, lo que, para algunos, pone en juego la separación entre el poder político y el mando militar.

En relación con el futuro equipo que escoltará a Trump durante su mandato resulta preciso mencionar que seis de sus nominados (o sus familiares) donaron casi 12 millones de dólares a la campaña de Trump o al partido republicano, según un análisis del Washington Post. Entre ellos destaca Linda McMahon, cofundadora de la franquicia de lucha libre WWE, que aportó 7,5 millones y ahora será la responsable de la agencia encargada del apoyo y financiación a las pequeñas empresas.

Hasta el momento Trump ha anunciado 22 nombramientos y quedan otros 667 cargos del Ejecutivo y de agencias gubernamentales por completar. Todos ellos requieren confirmación por parte del Senado, que sigue dominado por los republicanos con un estrecho margen. Es posible que Trump encuentre algunos problemas entre los republicanos más centristas para sacar adelante algunas de sus opciones, pero el magnate cuenta sin duda con el apoyo de la vertiente más conservadora del partido y, lo que es más importante, con la inercia y la fuerza política necesarias tras su sorprendente triunfo en noviembre, algo que ayudará a doblegar la opinión de aquellos compañeros de partido más reacios.

La forma en la que los nombramientos de Trump pasen por el Senado contribuirá a resolver una de las principales dudas que todavía existen sobre su presidencia: cómo será su relación con el Congreso. Trump tuvo en el pasado encontronazos con algunos representantes republicanos, y pese a que ahora todos los líderes se están esforzando por crear un frente común, está por ver cómo resolverán sus diferencias el presidente y los congresistas en los próximos años de legislatura.

Esta incertidumbre se suma a otras incógnitas relevantes que van a marcar el devenir de la presidencia de Trump. En primer lugar, ¿cómo reaccionará ante una crisis? La campaña electoral ha demostrado que el carácter de Trump es impredecible y se le ha acusado de no estar capacitado para ser presidente. Estas palabras se pondrán a prueba cuando Trump tenga que enfrentarse a las crisis que surjan una vez esté al mando del país.

En segundo lugar, y después de más de un mes de las elecciones, todavía no está claro su orden de prioridades para la agenda política de gobierno. Ha llegado el momento de poner negro sobre blanco la forma en la que Trump piensa hacer realidad su lema de campaña y volver a hacer grande a América (“Make American Great Again”). Sin embargo, no hay muchas pistas sobre por dónde pretende empezar ni si sus primeras medidas estarán referidas a Obamacare, inmigración, reforma fiscal, libre comercio, o a otro tema distinto.

Por último, resulta preciso saber cuánto le durará a Trump el capital político acumulado con su victoria electoral. Su éxito contra pronóstico le otorga un empuje y autoridad significativos, pero hay que tener en cuenta que Trump perdió el voto popular por un margen sustancial (casi tres millones de votos) y que empieza su mandato con un índice de aprobación del 41%, una cifra muy baja para un presidente entrante y que está muy lejos por ejemplo del 72% que tenía Obama en 2008.

En definitiva, Trump ya está conformando su equipo de colaboradores más cercanos, pero sigue habiendo incógnitas importantes, sobre todo relacionadas con la forma que él tendrá de desenvolverse como presidente. A partir del 20 de enero iremos obteniendo más respuestas.

Mitos y realidades de la agenda del presidente electo Trump

Alfonso González de León, Consultor Senior de Vinces, en Europa Press

Mitos y realidades de la agenda del presidente electo Trump

Alfonso González de León analiza las posibilidades de éxito de la agenda política de Donald Trump


Europa Press

Han pasado ya unos días desde que Donald Trump fue elegido como el próximo presidente de Estados Unidos. Su campaña populista y su inesperada victoria generan ahora muchas dudas sobre cuál será realmente su agenda política y los efectos que ésta tendrá en la América de los próximos años.

Las elecciones permitieron al Partido Republicano mantener también el control de las dos cámaras del Congreso, por lo que tras 6 años de gobierno dividido, el poder ejecutivo y legislativo se concentran en las manos de un solo bando. Los conservadores quieren aprovechar este escenario favorable para tirar adelante un programa de reformas ambicioso que cambie la orientación política del país y borre de un plumazo el legado de Barack Obama.

Leer artículo completo

Trump, el cambio que mira al pasado

La América más tradicional lleva al multimillonario a la Casa Blanca

 

Contra todo pronóstico, Trump será el próximo presidente de los Estados Unidos. Su victoria ha sido clara y rotunda, adjudicándose prácticamente todos los estados disputados y, entre ellos, los más importantes como Florida, Pennsylvania, Ohio, Georgia y Carolina del Norte. Este escenario no había sido previsto ni por el más optimista de los republicanos, ya que los modelos predictivos del propio partido daban a Trump como perdedor en los días  previos a la votación.

El triunfo de Trump rompe con todas las reglas políticas establecidas. Analizando el desarrollo de la campaña, el candidato republicano tenía todas las variables en su contra. Primero, las encuestas, que mostraban a Clinton en cabeza, lo que podía llevar a algunos republicanos a quedarse en casa creyendo que no había nada que hacer. Segundo, el dinero, donde el comité de campaña de Clinton había recaudado más del doble que su oponente (500 millones frente a 250 millones de dólares). Tercero, el partido, puesto que Trump se ha encontrado con algunas voces críticas en el seno de su organización que hacían dudar de su liderazgo. Cuarto, el apoyo mediático, ya que solo uno de los 50 mayores periódicos de tirada nacional había respaldado a Trump. Quinto, la campaña televisiva, ya que Clinton ha gastado mucho más que Trump en la emisión de anuncios publicitarios en todos los estados clave. Y sexto, el despliegue de equipos en el terreno, puesto que las personas empleadas por la campaña de Clinton y el partido demócrata en los quince estados clave triplicaban en número a los del bando republicano (más de 5.000 empleados frente a 1.500).

A la luz de estos factores, las expectativas de Trump eran poco halagüeñas. Pero entonces, ¿cuáles son las causas de este vuelco tan drástico? Primero, la autenticidad de Donald Trump, que ha generado una fuerte identificación personal entre ciertos segmentos demográficos (la población rural y la clase blanca trabajadora) con su figura y que nadie había sido capaz de ponderar en justa medida. Y segundo, una falta de entusiasmo hacia Hillary Clinton que ha provocado una menor movilización de colectivos tradicionalmente demócratas, especialmente el voto femenino y de las minorías raciales.

Con salidas de tono y excentricidades incluidas, Trump ha conseguido hablar el idioma de la gente y personificar el cambio que da respuesta al descontento con el statu quo. Durante la carrera, Trump ha querido controlar en todo momento su mensaje, pasando por tres directores de campaña diferentes hasta que consiguió un equipo que le animaba a ser él mismo. Dejó a un lado la corrección política y las estrategias clásicas de campaña y se dirigió directamente al americano medio con un mensaje claro y pragmático: Trump se ha presentado como el precursor del cambio, la persona que iba a devolver la grandeza al país (Make America Great Again) recuperando los valores tradicionales de la sociedad americana, “limpiando la ciénaga” de Washington y poniendo de nuevo las instituciones al servicio de la gente.

Trump ha desafiado a las elites y se ha ganado al ciudadano medio. Un ciudadano medio que sigue formando parte de la clase trabajadora de raza blanca, y que siente miedo con respecto al terrorismo, la inmigración y la globalización, como fenómenos que están poniendo en peligro su modelo de sociedad, que han mermado su nivel adquisitivo y que han modificado su  estilo de vida. Trump ha logrado conectar con estos votantes de tú a tú, gracias a su naturalidad y sinceridad, manteniendo la base de votantes republicanos y capitalizando el voto de la frustración y del desafecto con la política.

Si a lo anterior le sumamos la incapacidad de Hillary de movilizar de forma efectiva a sus electores, el éxito de Trump adquiere aún más sentido. El apoyo de Clinton entre los hispanos ha sido solo del 65%, en comparación con el 71% que obtuvo Obama en 2012; y entre los votantes afroamericanos el respaldo ha caído del 93% al 88%. Por otro lado, entre las mujeres, un colectivo clave para Clinton, el 54% ha votado por ella, un punto menos de las que lo hicieron por Obama en los anteriores comicios.

Pasadas las elecciones, Trump tiene ante sí el reto de gobernar para todos los americanos, unificando el país después de una campaña presidencial dura y desagradable, tal y como él mismo manifestó en su discurso de celebración. No va a ser una tarea fácil, pues los retos que tiene por delante son inmensos y sus promesas, muy ambiciosas. En todo caso, ¿quiere Trump devolver la grandeza a su país con una política nostálgica inspirada en tiempos pasados o, por el contrario, va a implementar una política constructiva que engrandezca a Estados Unidos a través de su liderazgo frente a los desafíos del futuro? Después del 20 de enero, cuando Trump tome posesión del cargo, sabremos la respuesta y podremos juzgarlo por sus hechos y no solo por sus palabras.

Trump busca desesperadamente un golpe de efecto

Clinton aventaja a Trump en más de 6 puntos y se dirige con paso firme a la Casa Blanca

Las últimas encuestas publicadas en Estados Unidos ponen a Hillary Clinton en cabeza con una ventaja de alrededor de 6 puntos (48%-42%). Aunque la diferencia ha descendido ligeramente en los últimos días, la candidata demócrata está siendo capaz de mantener sus números, consolidando una ventaja que viene creciendo desde inicios del mes de octubre, cuando la separación era únicamente de 2,7 puntos.

La campaña de Donald Trump sufrió un duro revés con la filtración a principios de este mes de un vídeo en el que el candidato republicano hacía comentarios vejatorios y denigrantes sobre las mujeres, algo que ha dañado su imagen en las últimas semanas y que ha sido comentado en los dos últimos debates presidenciales. Inicialmente, Trump trató de neutralizar las acusaciones de sexismo apuntando directamente al marido de su contrincante, Bill Clinton, y a los diversos escándalos en los que se había visto envuelto. Trump aseguró que lo suyo eran sólo palabras, mientras que con Bill Clinton se trataba de acusaciones reales de abuso.

No obstante, esta estrategia ha dado pocos resultados, y Trump sigue buscando fórmulas para reponerse de ese golpe y conseguir que la sociedad americana pase página, desviando la atención hacia otros temas. Para ello está haciendo lo que mejor sabe hacer: crear polémicas ficticias que le permiten ser la estrella de forma proactiva y controlando el mensaje, en lugar de estar a la defensiva.

Bajo esta premisa, en los últimos días Trump ha asegurado que hay una conspiración generalizada en su contra, que las elecciones están amañadas y que el sistema está corrupto. El republicano ha manifestado que hay una “estructura global de poder”, que incluye entre otros a los medios, al FBI y al Departamento de Justicia, encargada de manipular las elecciones para favorecer a su oponente. De esta forma, Trump ha llegado a afirmar que solo aceptará el resultado electoral “si yo gano”.

Las sospechas de fraude electoral no son algo nuevo en la política americana, pero es la primera vez que un candidato pone este tema en el centro del debate, sembrando dudas sobre la integridad del sistema incluso antes de saber los resultados. El magnate neoyorquino ha hablado de más de un millón de fallecidos que están registrados para votar y más de 2 millones de votantes que están registrados en dos estados, pero ni los estudios sobre fraude electoral ni la acción de las autoridades públicas sostienen la postura de Trump. Todos los expertos coinciden en que los casos de fraude electoral son raros y escasos, como lo demuestra, por ejemplo, que entre 2002 y 2007, cuando el fraude electoral se colocó como prioridad del Departamento de Justica, sólo hubo 82 condenas.

Por otro lado, Trump ha decidido ahora hacer bandera de un tema popular entre los americanos: la corrupción de Washington. Trump anunció la semana pasada una batería de medidas como parte de su reforma ética para “vaciar la ciénaga” de la capital y acabar con décadas de inacción y fracaso. Entre sus propuestas destacan una enmienda constitucional para imponer límites temporales de mandato a los congresistas, una ley para impedir que los funcionarios, legisladores y sus equipos puedan hacer lobby hasta 5 años después de abandonar sus cargos públicos, y la prohibición de que agentes extranjeros puedan recaudar dinero en las elecciones americanas.

Curiosamente, en su faceta de empresario multimillonario, Trump ha utilizado lobistas para conseguir desarrollar sus negocios en Florida, Long Island y Ohio, y ha donado dinero a políticos de ambos partidos y a sus campañas electorales, incluyendo 100.000 dólares a la Fundación Clinton. Trump asegura que esta experiencia sobre cómo los poderosos intervienen en política es lo que le permite decir con rotundidad que él es el único capaz de acabar con las corruptelas y el tráfico de influencias existentes en Washington. Este discurso no ha tenido tampoco el impacto positivo deseado.

Por ello, en su carrera contrarreloj por conseguir un golpe de efecto que dé un giro a su campaña, Trump anunció que iba a pronunciar un histórico discurso el sábado en Gettysburg, escenario de una de las batallas más emblemática de la Guerra Civil americana. Pero en lugar de exponer una visión reconciliadora y atractiva del país, como hizo Abraham Lincoln en 1863, Trump continuó con sus teorías conspiratorias, sus acusaciones contra el sistema y las dudas respecto al resultado electoral. Llegó incluso a decir que no se debería haber permitido a Clinton presentarse como candidata por la cantidad de ilegalidades que ha cometido, en referencia a la polémica sobre el uso de una cuenta privada de correo electrónico por parte de la ex-Secretaria de Estado mientras estaba en el cargo.

Tras varios minutos de quejas y soflamas, Trump pasó por fin a hablar de política, explicando las acciones que llevaría a cabo en sus primeros 100 días de mandato. Pero no dijo nada nuevo, sino que simplemente hizo un recopilatorio de medidas sobre las que ya ha venido hablando en las últimas semanas. En definitiva, si la batalla de Gettysburg fue un punto de inflexión en el desarrollo de la Guerra Civil, el discurso de Trump queda lejos de producir ningún cambio en la batalla por la Casa Blanca.

Por tanto, el candidato republicano inicia las últimas dos semanas de campaña con una desventaja importante en las encuestas y con muestras de descontento entre sus compañeros de partido, ya que varios le han criticado por el vídeo sexista y por sus palabras en contra de la integridad del sistema. Trump lleva días buscando un golpe de efecto, una jugada maestra que le permita reconducir el rumbo de su campaña y acortar distancias con Clinton, pero no lo ha conseguido. A estas alturas podemos decir que Trump ya no controla su destino y necesita algún acontecimiento externo que cambie la dinámica de la campaña para convertirse en presidente. El reloj corre y si todo va según lo esperado, Hillary Clinton se dirige con paso firme a ser la primera presidenta de los Estados Unidos.

 

 

Trump estrecha el margen sobre Clinton

Las encuestas se han ajustado. Clinton todavía está en cabeza. Trump puede ganar. Clinton probablemente ganará.

A escasos 50 días para la celebración de las elecciones presidenciales en Estados Unidos, las encuestas muestran un panorama bastante igualado. En las últimas semanas el candidato republicano ha recortado diferencias, convirtiendo la victoria de Trump en una posibilidad real. Nate Silver, periodista de ESPN y autor del famoso blog FiveThirtyEight, ha sintetizado el escenario electoral actual en cuatro puntos: 1. Las encuestas se han ajustado. 2. Clinton todavía está en cabeza. 3. Trump puede ganar. 4. Clinton probablemente ganará.

La media de los últimos sondeos otorga a la candidata demócrata una ligera ventaja de menos de un punto, con una intención de voto del 44,9%, frente al 44% de Trump. No obstante, para arrojar algo más de luz sobre el estado de la carrera presidencial, debemos fijarnos en los 11 estados clave que van a decantar finalmente el resultado: Florida, Pennsylvania, Ohio, Michigan, Carolina del Norte, Virginia, Wisconsin, Colorado, Iowa, Nevada y New Hampshire. Las encuestas en estos territorios muestran los siguientes resultados:

trumpvshilary

Con estos números, Clinton se convertiría en la próxima presidenta de los Estados Unidos con 293 votos electorales, frente a los 245 que obtendría Trump (recordemos que la mayoría está en 270 votos). Sin embargo, el candidato republicano viene subiendo en las encuestas en los territorios más disputados. Así, Trump supera a Clinton en Florida, Ohio e Iowa, ha conseguido llegar hasta el empate técnico en Nevada y Carolina del Norte y ha recortado distancias en New Hampshire, Colorado, Michigan, Pennsylvania y Virginia.

En palabras de Tim Kaine, candidato demócrata a la vicepresidencia, “la carrera está apretada. […] Pienso que tenemos un camino más claro hacia la victoria y ellos tienen uno más complicado. Pero no podemos dar nada por sentado, porque ha sido una temporada de sorpresas.” En la misma línea, el director de campaña de Clinton, Robby Mook, ha declarado lo siguiente: “Esperábamos que la carrera se apretara. Esperamos que se apriete aún más. […] Va a ser cuestión de pequeños márgenes. Estamos gastando mucho tiempo asegurando nuestros votos”.

Por su parte, la principal estratega de Trump, Kellyanne Conway, ha manifestado que su candidato tiene ahora mismo más empuje y levanta más entusiasmo. “A todo el mundo le gusta un ganador, por lo que la gente está viendo que las encuestas se están ajustando, que estamos por arriba, empatados o dentro del margen de error en prácticamente todas las encuestas en los estados clave, y empiezan a ver que Trump realmente puede conseguirlo”.

En relación con los 11 estados mencionados, cabe resaltar que todos ellos también fueron importantes en las últimas dos elecciones. En 2008, el Presidente Obama ganó en todos ellos, y en 2012 hizo lo mismo en diez, todos excepto Carolina del Norte. El equipo de Clinton es pesimista sobre todo respecto a Ohio e Iowa, donde Trump lidera las encuestas más holgadamente. En Florida, el estado con más votos electorales de los que están en disputa, la situación está muy reñida y resulta muy difícil anticipar quién será el ganador.

La campaña de Clinton, que goza de una ventaja significativa en Pennsylvania, Michigan y Wisconsin y una posición relativamente fuerte en Virginia y Colorado, está poniendo el foco en Carolina del Norte como el territorio crucial para allanar el camino hacia la cifra mágica de 270. Este fue el único gran estado en disputa que ganó Mitt Romney en 2012, pero los sondeos indican que no es una región del todo propicia para Trump. Si el magnate se llevara también Carolina del Norte, además de Florida, Ohio e Iowa, estaría a un puñado de votos electorales de la mayoría, pero todavía necesitaría sumar algún otro estado clave a su favor.

Por otro lado, la subida de Trump en las encuestas puede ser un arma de doble filo para sus ambiciones electorales. La idea de un Presidente Trump puede servir de acicate para movilizar a muchos electores demócratas o independientes que tienen aversión al candidato republicano, pero no están ilusionados con Clinton y están pensando en la abstención o en votar por uno de los candidatos minoritarios (Gary Johnson, del Partido Libertario, o Jill Stein, del Partido Verde).

De hecho, la mayor preocupación de la campaña de Clinton es la desmovilización entre sectores demográficos tradicionalmente demócratas, en especial entre los millennials (jóvenes de 18 a 34 años). Según algunas encuestas, casi uno de cada tres millennials se plantea votar a un candidato minoritario, pero podrían decantarse por Clinton como mal menor con tal de evitar que Trump ocupe la Casa Blanca.

Por tanto, y volviendo a los cuatro puntos mencionados al inicio de este artículo, me permito añadir un quinto nuevo por el que “a mayor participación, mayores probabilidades de que gane Clinton”. Las semanas que quedan de campaña van a ser decisivas y muy intensas, y una gran prueba de fuego van a ser los tres debates electorales que se van a producir entre ambos candidatos. Habrá que estar atentos.

 

Los porqués de la Revolución Trump

Orígenes y evolución del fenómeno que ha transformado al partido republicano

La nominación de Donald Trump es ya una realidad. Él será el candidato republicano a las elecciones presidenciales del 8 de noviembre. Así lo aprobó la Convención Nacional del partido celebrada en Cleveland (Ohio) la semana pasada, pese a los intentos desesperados de última hora del sector opositor “Never Trump” de cambiar las reglas de votación para permitir a los delegados votar en conciencia y no según los resultados de las primarias.

Pocos creían en las posibilidades de Trump hace escasamente un año cuando anunció su candidatura, y muchos de sus comentarios y afirmaciones en los inicios de su campaña auguraban que el fenómeno Trump iba a ser algo pasajero y que su figura iba a colapsarse en sí misma, cual supernova. Sin embargo, un año más tarde, Trump se ha convertido en la cabeza visible del partido republicano y su posición ha salido reforzada tras la convención. Pero, ¿por qué se ha llegado a este escenario? ¿Quién ha permitido a Trump la conquista del partido frente al establishment que prácticamente de forma unánime se le oponía?

Ciertamente su principal apoyo y aval proviene de las urnas, por lo que la mejor manera de explicar la “Revolución Trump” es analizando el perfil de sus votantes y su evolución a lo largo de estos meses, atendiendo a los datos que arrojan las elecciones primarias y sus respectivas encuestas a pie de urna.

Trump comenzó su campaña con un discurso de alto calado populista, ahondando en las penurias económicas causadas por la falta de empleo, los efectos de los acuerdos comerciales y la inmigración. Ello estaba dirigido a un segmento electoral concreto: la clase trabajadora, especialmente blancos, en cuanto que colectivo que más había sufrido los efectos de la crisis económica y que más desencantado estaba con la política. El mismo Trump en alguno de sus discursos afirmó que amaba a la gente “poco cualificada”.

De esta forma, los datos de las elecciones primarias que se celebraron durante el mes de febrero demostraban que Trump obtenía los mejores resultados en aquellas zonas donde se aglutinaba el mayor porcentaje de trabajadores blancos sin educación superior y donde el nivel de renta había caído en los últimos años. Es decir, los condados con las tasas de desempleo y los índices de pobreza más elevados eran terreno abonado para que el discurso de Trump diera sus frutos.

A mediados de marzo, tras la salida de Marco Rubio de la carrera presidencial y cuando los simpatizantes de Trump eran cada vez más numerosos, se empezó a observar un cambio en el comportamiento electoral. De esta forma, en las siguientes primarias, Trump logró ganar en más condados con perfiles sociodemográficos más diversos, incluyendo colectivos que hasta entonces habían sido más reacios (ej. mujeres, hispanos, personas con educación superior, etc.). El hecho de acabar aunando el apoyo de una mayor variedad de grupos sociales, étnicos y demográficos permitió a Trump vencer con claridad en las primarias celebradas en abril y mayo y asegurar un número de delegados suficiente para la nominación.

¿Por qué ha conseguido Trump atraer a esos otros sectores republicanos? No han sido sus posiciones ideológicas, sino sus cualidades personales. Especialmente nos referimos a su autenticidad –por el hecho de que no atiende a la corrección política–, su rol de outsider que se ha enfrentado al sistema, y su posición económica privilegiada, en contraste con el papel preponderante que el dinero tiene en la política norteamericana reciente. Así, son muchos los adeptos a Trump que valoran que “dice lo que quiere”, “no puede ser comprado” y “no depende de las donaciones de millonarios o de grupos de interés que luego vayan a controlar sus políticas”.

En términos ideológicos, las encuestas a pie de urna de las primarias muestran que Trump empezó obteniendo mejores resultados con votantes republicanos que se identificaban como “moderados”, mientras que los “muy conservadores” se inclinaban por Ted Cruz, cuya campaña tenía un componente ideológico más fuerte basado en la defensa de los valores conservadores tradicionales.

De hecho, Trump es un candidato ambiguo, e incluso contradictorio en su línea ideológica. Por ejemplo, es muy conservador en políticas de inmigración, pero tiene una visión más liberal respecto al gasto social y a la política comercial. Por otro lado, ha radicalizado sus posturas en lo que respecta a derechos sociales y mantiene un discurso de política exterior y de defensa que mezcla componentes belicistas y aislacionistas. Un ideario tan heterogéneo, combinado con su carisma individual, ha provocado que al final los votantes republicanos hayan apoyado a Trump más por su persona que por sus ideas, lo que le permite llegar más fácilmente a votantes de un espectro ideológico más amplio.

No obstante, esta ambigüedad genera algunas situaciones kafkianas. Como botón de muestra, en sus intervenciones Trump ha manifestado su voluntad de que los ricos contribuyan más al sistema pero, a la vez, su programa incluye una rebaja fiscal para todos los niveles de renta cuyos mayores beneficiarios serían precisamente las rentas más altas (con una considerable bajada del tipo máximo del 39,6% al 25%).

En resumen, podemos definir la “Revolución Trump” como el proceso por el cual el magnate ha conseguido, con el uso de sus cualidades personales y un discurso populista ambiguo, movilizar a un número de votantes republicanos suficiente hasta el punto de doblegar a la estructura del partido y la voluntad de muchos de sus dirigentes.

Tras su nominación oficial, la batalla se traslada ahora al ámbito nacional, donde la mayoría de las encuestas publicadas a inicios de esta semana otorgan una ligera ventaja a Trump sobre Clinton, algo normal tras el efecto rebote producido por la celebración de la Convención Nacional. En todo caso, Trump es ya sin duda un candidato con posibilidades reales de ganar las elecciones y para ello cuenta con una base de votantes, simpatizantes y voluntarios muy movilizada y que acudirá masivamente a las urnas. La pelota está ahora en el tejado del partido demócrata, que ha celebrado su convención estos últimos días en Filadelfia (Pennsylvania), y cuyo principal reto es unificar a la formación en torno a Hillary Clinton y energizar a sus militantes para contrarrestar el empuje de Trump.

Donald Trump, ante el riesgo de una convención abierta

Elecciones Presidenciales en Estados Unidos

Desde que comenzó el proceso de elección del candidato republicano a las próximas elecciones presidenciales de noviembre en Estados Unidos, el pudiente empresario Donald Trump ha acumulado numerosas victorias electorales y apoyo entre las bases del partido. Su ascenso ha estado, no obstante, envuelto en todo tipo de polémicas, con comentarios suyos que han sido tildados de xenófobos o sexistas y con sucesos violentos ocurridos en varios de su mítines.

Además, los recientes triunfos de su principal oponente, el senador texano Ted Cruz, especialmente en Utah y Wisconsin, parecen sembrar ahora mayores dudas sobre el futuro de la candidatura de Trump. Todo gira en torno a una cifra: 1.237, que es el número que marca la mayoría de delegados de la Convención Nacional Republicana que han de votar a un candidato para ganar la nominación (del total de 2.472 delegados).

Hasta el día de hoy, Donald Trump cuenta con el apoyo de 743 delegados, Ted Cruz tiene 545delegados y John Kasich, gobernador de Ohio, suma 143. A la vista de estos resultados, Trump es el único candidato con posibilidades reales de llegar al guarismo mágico de 1.237 antes de la convención, que tendrá lugar en Cleveland (Ohio) entre los días 18 y 21 de julio. Es un objetivo difícil pero factible, que requeriría que el magnate neoyorquino ganara más del 60% de los 769 delegados que todavía están en juego.

Si Trump se dirige a la convención con un apoyo superior a 1.237 delegados, no hay más vuelta de hoja, él será el candidato republicano a las elecciones. Pero si no es así, tal y como parece actualmente, estaríamos ante una convención “negociada” o “disputada” (“brokered” o “contested”, en inglés). Una convención de este tipo no sería nueva en la historia americana, aunque hace más de medio siglo que no ocurre, ya que las últimas fueron en 1948 en el bando republicano y en 1952 para los demócratas. En un escenario de convención disputada, el abanico de alternativas que se abre es enorme y el resultado final se vuelve totalmente incierto.

En una convención de esta naturaleza se irán produciendo votaciones hasta que un candidato alcance el apoyo mayoritario de 1.237 delegados. La cuestión central radica aquí en el comportamiento de dichos delegados y su obligación –o no– de votar en función de los resultados de las primarias en sus estados de origen. Así, aunque hablemos formalmente de que un candidato ha ganado un cierto número de delegados, estos no son escogidos por dicho candidato ni le pertenecen. Además, las reglas de comportamiento de los delegados son diferentes para cada estado, lo que hace más confuso e impredecible el proceso.

En la primera votación de la convención, alrededor del 95 % de los delegados debe seguir lo decidido por el voto popular en las primarias de sus respectivos estados, y solo el 5% son libres de apoyar al candidato que deseen. Estos delegados libres provienen de territorios que han decidido no celebrar elecciones primarias –como es el caso de Colorado o Dakota del Norte– o de aquellos estados (por ejemplo, Luisiana) que liberan automáticamente a los delegados conseguidos por candidatos que ya se han retirado de la contienda, como Marco Rubio o Jeb Bush.

Es en esta primera votación cuando Trump, si ha conseguido un apoyo significativo en las primarias con un número cercano a los 1.237 delegados, puede presionar a este grupo de delegados libres para que voten por él y le otorguen la mayoría, atendiendo al sentimiento de las bases del partido.

Si Trump no tiene 1.237 delegados y tampoco consigue convencer a un número suficiente de delegados libres para conseguir la mayoría, se celebraría una segunda votación en la que el 57% de los delegados, de más de 30 estados, pasarían a ser libres. En una tercera votación, el porcentaje de delegados libres para votar al candidato que prefieran aumentaría hasta el 81%. Por ejemplo, los delegados de California están obligados a votar según los resultados de las primarias de su estado durante las primeras dos votaciones, y los de Florida durante tres, pero luego quedan liberados para votar por quien les plazca.

El riesgo para Donald Trump está en que su candidatura no es del agrado del establishment del partido, que no confía en que pueda ganar las elecciones y piensa que además es una amenaza para perder también las actuales mayorías en la Cámara de Representantes y en el Senado. Por tanto, a medida que se vayan sucediendo las votaciones y los delegados se liberen, Donald Trump puede ver peligrar su nominación.

La razón es que alrededor de tres cuartas partes de los delegados que acudirán a la convención son escogidos por los comités estatales del partido entre militantes y organizadores locales, sin ninguna intervención de los candidatos a los que deberán votar, por lo que pueden tener preferencias divididas. En otras palabras, aunque las reglas del partido obliguen a los delegados a votar por un candidato determinado –ya sea durante una, dos o tres votaciones–, estos pueden ser más afines a otro y cambiar su voto tan pronto como sean liberados.

Sin embargo, esto no quiere decir que el panorama pinte mucho mejor para Ted Cruz en una convención disputada. El senador texano se ha declarado a sí mismo “anti-establishment” y su principal respaldo viene de la mano de los ultraconservadores del Tea Party, de forma que tampoco cuenta con grandes simpatías en el aparato del partido ni entre sus compañeros legisladores.

Es por ello que los expertos han apuntado la posibilidad de que surja durante la convención un nuevo candidato, una especie de “caballero blanco” que pueda rescatar al partido de sus divisiones internas y unificarlo en torno a su figura. En su día salió el nombre de Michael Bloomberg, ex alcalde de Nueva York, aunque ya ha manifestado que no tiene intención de presentarse, y ahora se habla de Mitt Romney, candidato presidencial a las elecciones en 2012, o Paul Ryan, actual Presidente de la Cámara de Representantes y candidato a vicepresidente en 2012. No obstante, este último ha negado categóricamente en varias ocasiones que vaya a concurrir como candidato en una convención disputada.

Con motivo de la complejidad que puede suponer la convención, los comités de campaña de los principales candidatos ya están poniendo en marcha equipos con el objetivo de controlar y recabar apoyos entre los delegados que asistirán a la convención. Así, Trump ha contratado recientemente un asesor, Paul Manafort, cuya labor consiste en “supervisar, gestionar y ser responsable de todas las actividades relativas al proceso de delegados del Sr. Trump y a la Convención de Cleveland”, según un comunicado de prensa.

La cosa se complica aún más si tenemos en cuenta que todas las normas de funcionamiento de la convención republicana pueden ser modificadas antes de que comience la misma, dejando sin sentido todo lo explicado hasta ahora. Las reglas de cada convención son definidas en última instancia en la misma convención por sus participantes. De esta forma, teóricamente, cualquier regla podría cambiar, incluso hasta el punto de permitir a los delegados liberarse inmediatamente para votar por cualquier candidato desde el principio. Este ejemplo concreto es poco probable, pero es una muestra de la confusión y la incertidumbre que pueden rodear a una eventual convención disputada.

En definitiva, si Donald Trump no consigue un apoyo popular suficiente en las elecciones primarias que quedan (más de 15 estados) que le permita alcanzar el número de delegados necesario, o una cifra muy cercana, el sistema de democracia indirecta que supone la elección del candidato mediante el voto de delegados puede arrebatarle la nominación. Pero, ¿qué validez tiene el proceso democrático de primarias si al final los representantes designados por el partido pueden acabar escogiendo a otra persona diferente a la que ha votado la gente? El debate está servido.

Por otro lado, en España siempre nos fijamos en las primarias americanas a la hora de exigir mayor participación de la ciudadanía en la elección de nuestros líderes políticos, y una convención disputada aportaría muchas lecciones y experiencias para enriquecer la discusión.