INFLUENCIA LEGÍTIMA

Trump, el cambio que mira al pasado

La América más tradicional lleva al multimillonario a la Casa Blanca

 

Contra todo pronóstico, Trump será el próximo presidente de los Estados Unidos. Su victoria ha sido clara y rotunda, adjudicándose prácticamente todos los estados disputados y, entre ellos, los más importantes como Florida, Pennsylvania, Ohio, Georgia y Carolina del Norte. Este escenario no había sido previsto ni por el más optimista de los republicanos, ya que los modelos predictivos del propio partido daban a Trump como perdedor en los días  previos a la votación.

El triunfo de Trump rompe con todas las reglas políticas establecidas. Analizando el desarrollo de la campaña, el candidato republicano tenía todas las variables en su contra. Primero, las encuestas, que mostraban a Clinton en cabeza, lo que podía llevar a algunos republicanos a quedarse en casa creyendo que no había nada que hacer. Segundo, el dinero, donde el comité de campaña de Clinton había recaudado más del doble que su oponente (500 millones frente a 250 millones de dólares). Tercero, el partido, puesto que Trump se ha encontrado con algunas voces críticas en el seno de su organización que hacían dudar de su liderazgo. Cuarto, el apoyo mediático, ya que solo uno de los 50 mayores periódicos de tirada nacional había respaldado a Trump. Quinto, la campaña televisiva, ya que Clinton ha gastado mucho más que Trump en la emisión de anuncios publicitarios en todos los estados clave. Y sexto, el despliegue de equipos en el terreno, puesto que las personas empleadas por la campaña de Clinton y el partido demócrata en los quince estados clave triplicaban en número a los del bando republicano (más de 5.000 empleados frente a 1.500).

A la luz de estos factores, las expectativas de Trump eran poco halagüeñas. Pero entonces, ¿cuáles son las causas de este vuelco tan drástico? Primero, la autenticidad de Donald Trump, que ha generado una fuerte identificación personal entre ciertos segmentos demográficos (la población rural y la clase blanca trabajadora) con su figura y que nadie había sido capaz de ponderar en justa medida. Y segundo, una falta de entusiasmo hacia Hillary Clinton que ha provocado una menor movilización de colectivos tradicionalmente demócratas, especialmente el voto femenino y de las minorías raciales.

Con salidas de tono y excentricidades incluidas, Trump ha conseguido hablar el idioma de la gente y personificar el cambio que da respuesta al descontento con el statu quo. Durante la carrera, Trump ha querido controlar en todo momento su mensaje, pasando por tres directores de campaña diferentes hasta que consiguió un equipo que le animaba a ser él mismo. Dejó a un lado la corrección política y las estrategias clásicas de campaña y se dirigió directamente al americano medio con un mensaje claro y pragmático: Trump se ha presentado como el precursor del cambio, la persona que iba a devolver la grandeza al país (Make America Great Again) recuperando los valores tradicionales de la sociedad americana, “limpiando la ciénaga” de Washington y poniendo de nuevo las instituciones al servicio de la gente.

Trump ha desafiado a las elites y se ha ganado al ciudadano medio. Un ciudadano medio que sigue formando parte de la clase trabajadora de raza blanca, y que siente miedo con respecto al terrorismo, la inmigración y la globalización, como fenómenos que están poniendo en peligro su modelo de sociedad, que han mermado su nivel adquisitivo y que han modificado su  estilo de vida. Trump ha logrado conectar con estos votantes de tú a tú, gracias a su naturalidad y sinceridad, manteniendo la base de votantes republicanos y capitalizando el voto de la frustración y del desafecto con la política.

Si a lo anterior le sumamos la incapacidad de Hillary de movilizar de forma efectiva a sus electores, el éxito de Trump adquiere aún más sentido. El apoyo de Clinton entre los hispanos ha sido solo del 65%, en comparación con el 71% que obtuvo Obama en 2012; y entre los votantes afroamericanos el respaldo ha caído del 93% al 88%. Por otro lado, entre las mujeres, un colectivo clave para Clinton, el 54% ha votado por ella, un punto menos de las que lo hicieron por Obama en los anteriores comicios.

Pasadas las elecciones, Trump tiene ante sí el reto de gobernar para todos los americanos, unificando el país después de una campaña presidencial dura y desagradable, tal y como él mismo manifestó en su discurso de celebración. No va a ser una tarea fácil, pues los retos que tiene por delante son inmensos y sus promesas, muy ambiciosas. En todo caso, ¿quiere Trump devolver la grandeza a su país con una política nostálgica inspirada en tiempos pasados o, por el contrario, va a implementar una política constructiva que engrandezca a Estados Unidos a través de su liderazgo frente a los desafíos del futuro? Después del 20 de enero, cuando Trump tome posesión del cargo, sabremos la respuesta y podremos juzgarlo por sus hechos y no solo por sus palabras.

Trump busca desesperadamente un golpe de efecto

Clinton aventaja a Trump en más de 6 puntos y se dirige con paso firme a la Casa Blanca

Las últimas encuestas publicadas en Estados Unidos ponen a Hillary Clinton en cabeza con una ventaja de alrededor de 6 puntos (48%-42%). Aunque la diferencia ha descendido ligeramente en los últimos días, la candidata demócrata está siendo capaz de mantener sus números, consolidando una ventaja que viene creciendo desde inicios del mes de octubre, cuando la separación era únicamente de 2,7 puntos.

La campaña de Donald Trump sufrió un duro revés con la filtración a principios de este mes de un vídeo en el que el candidato republicano hacía comentarios vejatorios y denigrantes sobre las mujeres, algo que ha dañado su imagen en las últimas semanas y que ha sido comentado en los dos últimos debates presidenciales. Inicialmente, Trump trató de neutralizar las acusaciones de sexismo apuntando directamente al marido de su contrincante, Bill Clinton, y a los diversos escándalos en los que se había visto envuelto. Trump aseguró que lo suyo eran sólo palabras, mientras que con Bill Clinton se trataba de acusaciones reales de abuso.

No obstante, esta estrategia ha dado pocos resultados, y Trump sigue buscando fórmulas para reponerse de ese golpe y conseguir que la sociedad americana pase página, desviando la atención hacia otros temas. Para ello está haciendo lo que mejor sabe hacer: crear polémicas ficticias que le permiten ser la estrella de forma proactiva y controlando el mensaje, en lugar de estar a la defensiva.

Bajo esta premisa, en los últimos días Trump ha asegurado que hay una conspiración generalizada en su contra, que las elecciones están amañadas y que el sistema está corrupto. El republicano ha manifestado que hay una “estructura global de poder”, que incluye entre otros a los medios, al FBI y al Departamento de Justicia, encargada de manipular las elecciones para favorecer a su oponente. De esta forma, Trump ha llegado a afirmar que solo aceptará el resultado electoral “si yo gano”.

Las sospechas de fraude electoral no son algo nuevo en la política americana, pero es la primera vez que un candidato pone este tema en el centro del debate, sembrando dudas sobre la integridad del sistema incluso antes de saber los resultados. El magnate neoyorquino ha hablado de más de un millón de fallecidos que están registrados para votar y más de 2 millones de votantes que están registrados en dos estados, pero ni los estudios sobre fraude electoral ni la acción de las autoridades públicas sostienen la postura de Trump. Todos los expertos coinciden en que los casos de fraude electoral son raros y escasos, como lo demuestra, por ejemplo, que entre 2002 y 2007, cuando el fraude electoral se colocó como prioridad del Departamento de Justica, sólo hubo 82 condenas.

Por otro lado, Trump ha decidido ahora hacer bandera de un tema popular entre los americanos: la corrupción de Washington. Trump anunció la semana pasada una batería de medidas como parte de su reforma ética para “vaciar la ciénaga” de la capital y acabar con décadas de inacción y fracaso. Entre sus propuestas destacan una enmienda constitucional para imponer límites temporales de mandato a los congresistas, una ley para impedir que los funcionarios, legisladores y sus equipos puedan hacer lobby hasta 5 años después de abandonar sus cargos públicos, y la prohibición de que agentes extranjeros puedan recaudar dinero en las elecciones americanas.

Curiosamente, en su faceta de empresario multimillonario, Trump ha utilizado lobistas para conseguir desarrollar sus negocios en Florida, Long Island y Ohio, y ha donado dinero a políticos de ambos partidos y a sus campañas electorales, incluyendo 100.000 dólares a la Fundación Clinton. Trump asegura que esta experiencia sobre cómo los poderosos intervienen en política es lo que le permite decir con rotundidad que él es el único capaz de acabar con las corruptelas y el tráfico de influencias existentes en Washington. Este discurso no ha tenido tampoco el impacto positivo deseado.

Por ello, en su carrera contrarreloj por conseguir un golpe de efecto que dé un giro a su campaña, Trump anunció que iba a pronunciar un histórico discurso el sábado en Gettysburg, escenario de una de las batallas más emblemática de la Guerra Civil americana. Pero en lugar de exponer una visión reconciliadora y atractiva del país, como hizo Abraham Lincoln en 1863, Trump continuó con sus teorías conspiratorias, sus acusaciones contra el sistema y las dudas respecto al resultado electoral. Llegó incluso a decir que no se debería haber permitido a Clinton presentarse como candidata por la cantidad de ilegalidades que ha cometido, en referencia a la polémica sobre el uso de una cuenta privada de correo electrónico por parte de la ex-Secretaria de Estado mientras estaba en el cargo.

Tras varios minutos de quejas y soflamas, Trump pasó por fin a hablar de política, explicando las acciones que llevaría a cabo en sus primeros 100 días de mandato. Pero no dijo nada nuevo, sino que simplemente hizo un recopilatorio de medidas sobre las que ya ha venido hablando en las últimas semanas. En definitiva, si la batalla de Gettysburg fue un punto de inflexión en el desarrollo de la Guerra Civil, el discurso de Trump queda lejos de producir ningún cambio en la batalla por la Casa Blanca.

Por tanto, el candidato republicano inicia las últimas dos semanas de campaña con una desventaja importante en las encuestas y con muestras de descontento entre sus compañeros de partido, ya que varios le han criticado por el vídeo sexista y por sus palabras en contra de la integridad del sistema. Trump lleva días buscando un golpe de efecto, una jugada maestra que le permita reconducir el rumbo de su campaña y acortar distancias con Clinton, pero no lo ha conseguido. A estas alturas podemos decir que Trump ya no controla su destino y necesita algún acontecimiento externo que cambie la dinámica de la campaña para convertirse en presidente. El reloj corre y si todo va según lo esperado, Hillary Clinton se dirige con paso firme a ser la primera presidenta de los Estados Unidos.

 

 

Clinton vs Trump

Caras nuevas, mismas reglas

Tras los triunfos de Hillary Clinton el pasado martes 7 de junio en las primarias de New Jersey, Dakota del Sur, Nuevo México y, sobre todo, California, la ex Secretaria de Estado aseguró una mayoría suficiente de delegados para conseguir la nominación demócrata a las elecciones presidenciales de noviembre. Esa misma noche Clinton proclamó exultante su victoria, afirmando que “se ha hecho historia”, ya que va a ser la primera mujer en encabezar la candidatura de uno de los dos grandes partidos americanos.

Clinton se enfrentará a Donald Trump, quien certificó su dominio en el bando republicano unas semanas atrás. Es un duelo histórico. En un lado está la primera mujer que lidera la candidatura de una de las formaciones mayoritarias y, en el otro, tenemos un multimillonario excéntrico que ha ganado gran parte de su notoriedad con un discurso populista aderezado con comentarios xenófobos y misóginos. La disputa entre ambos será larga, intensa y sucia, ya que en los últimos meses sendos candidatos se han regalado constantes insultos y la situación va a seguir calentándose de aquí a noviembre.

Para afrontar con garantías la contienda electoral, el primer reto para Clinton y Trump es unificar sus respectivos partidos y afianzar su liderazgo. Los dos candidatos parten con unas valoraciones desfavorables del electorado, algo que van a tener que mejorar en los próximos meses y que demuestra que estas elecciones van a girar en torno a escoger al candidato que menos disguste.

Valoración sobre la favorabilidad de Hillary Clinton

Hillary

Fuente: Huffington Post

Valoración sobre la favorabilidad de Donald Trump

Trump

Fuente: Huffington Post

En el lado demócrata, Bernie Sanders anunció la semana pasada que iba a mantener su campaña hasta la celebración de la convención a finales de julio. Sin embargo, los principales líderes del partido, incluido el Presidente Obama, están apostando por hacer frente común con Clinton, lo que ha llevado al senador Sanders a rebajar sus expectativas. De hecho, Joe Biden, actual vicepresidente, y Elizabeth Warren, popular senadora demócrata, ya han manifestado abiertamente su apoyo a Hillary Clinton.

El jueves pasado, Sanders visitó la Casa Blanca para reunirse con Obama. Tras el encuentro, declaró que “voy a hacer todo lo que esté en mi poder, y voy a trabajar lo más duro posible, para garantizar que Donald Trump no se convierte en presidente de los Estados Unidos”. Pero en su intervención no respaldó a Clinton ni renunció a continuar con su campaña.

No obstante, este martes, Bernie se sentó con Hillary para preguntarle sobre sus propuestas políticas e intentar acercar posturas. “Quiero conocer mejor qué tipo de plataforma va a apoyar, si va a ser rotunda en la defensa de las familias trabajadoras y la clase media, promoviendo la lucha contra el cambio climático, la sanidad para todos y la gratuidad de los colegios y universidades públicos. Después de tener este tipo de conversación, podré tomar otras decisiones”, dijo Sanders. La cita ha tenido lugar tras las últimas primarias demócratas en el Distrito de Columbia, que se celebraron el mismo día.

En el bando republicano, Trump consiguió que sus números repuntasen una vez confirmada su candidatura, pero tiene mucho trabajo por delante si quiere revertir la imagen populista, extravagante y hasta xenófoba de los últimos meses, que le ha hecho ganarse enemigos hasta dentro de su propio partido. Así, el mismo Trump ha asegurado lo siguiente: “entiendo la responsabilidad del cargo y no os voy a decepcionar”.

Sin embargo, la semana pasada Trump provocó un nuevo escándalo al acusar de parcialidad a un juez hispano (por su origen mexicano) a la hora de decidir sobre una demanda contra uno de los negocios del millonario neoyorquino. El presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, calificó  estos comentarios como “la definición de racismo”. Asimismo, importantes líderes republicanos, como los senadores Mark Kirk (Illinois) y Lindsey Graham (Carolina del Sur) han negado su apoyo a Trump, y Graham ha llegado incluso a tildar su comportamiento de “anti-americano”.

La disputa entre Clinton y Trump será encarnizada y cabe esperar duros ataques personales. Por el momento, la líder demócrata ha dicho que “Trump quiere ganar infundiendo miedo, echando sal sobre viejas heridas y recordándonos diariamente lo genial que es. […] No vamos a dejar que esto pase en América”. Y por su parte, el candidato republicano ha acusado a los Clinton de “convertir la política del enriquecimiento personal en una forma de arte”, añadiendo que Hillary hizo del Departamento de Estado “su fondo privado de inversión”.

No obstante lo anterior, y pese a todas las particularidades novedosas que envuelven a esta campaña presidencial, las reglas de juego son las mismas que siempre. Todo se reduce al número de representantes electorales que reúna cada candidato en función de sus respectivas victorias por estados. La cifra mágica para las elecciones generales es 270, lo que representa la mayoría de los 538 miembros que forman el Colegio Electoral de los Estados Unidos, el cuerpo de compromisarios electos encargado –por aplicación del sistema de elección indirecta– de escoger al Presidente y al Vicepresidente.

En este contexto, los estados que parece que van a decidir el próximo presidente americano son los mismos que en pasadas elecciones. Concretamente, son once los territorios clave más diputados: Colorado, Florida, Iowa, Michigan, Nevada, New Hampshire, Carolina del Norte, Ohio, Pennsylvania, Virginia y Wisconsin.

Ante este escenario, Clinton parte con una posición de partida mejor, ya que de los 11 estados mencionados, el Presidente Obama los ganó todos en 2008 y 10 de ellos en 2012. Además, las encuestas otorgan una cierta ventaja a la líder demócrata tanto a nivel nacional como de forma individual en 8 de esos 11 estados.

Debido a la creciente diversidad de la población estadounidense, serán de nuevo muy relevantes las variables racial y de género. Así, los estudios demoscópicos están mostrando de forma recurrente que Trump consigue sus mejores resultados entre los votantes blancos (especialmente hombres), mientras que Clinton tiene más apoyo entre las minorías y las mujeres. En estas elecciones se prevé que alrededor del 30% del electorado no sean votantes blancos, lo que Clinton debe aprovechar si quiere inclinar la balanza a su favor.

En definitiva, de aquí a noviembre vamos a ver en acción a dos candidatos que han roto moldes y hecho historia en Estados Unidos –una mujer y un multimillonario populista–, pero cuyo enfrentamiento va a tener mucho de similar con elecciones recientes. Se van a gastar cantidades ingentes de dinero y se van a suceder los ataques personales, todo ello en una campaña focalizada en varios estados clave donde ambos líderes tendrán que desplegar grandes equipos sobre el terreno para competir por cada voto. La batalla está servida.